Jorge Luis Borges, el otro y el mismo

En 1926, algunos meses después de volver a Argentina luego de una larga estadía en Europa que lo convirtió en un hombre de letras, Jorge Luis Borges le escribe una carta a Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros, y es una de las primeras pistas que da el autor sobre su vida:

Amigo Bianchi: He nacido el año mil novecientos en Buenos Aires, en la entraña de la ciudad (calle Tucumán esquina Esmeralda). He viajado por Inglaterra, España, Portugal, Villa Urquiza, Montevideo, el Chubut y San Nicolás de los Arroyos. He surtido a la poesía argentina de almacenes y ponientes rosados, de inquietaciones metafísicas, de patios austeros y otro cachivacherío. […] He fundado tres revistas bochincheras y fervorosas: dos Proas y un Prisma que fue revista mural y honró las paredes.

Lo saluda muy cordialmente Jorge Luis Borges.

Como se dará cuenta el atento lector, el primer dato que nos proporciona es deliberadamente erróneo (porque nace en 1899). El joven Borges intenta con un pequeño gesto cambiar el pasado y con ese gesto el joven Borges nace con el siglo. Ese precoz poeta que está interesado en la metáfora sorprendente y la nueva poesía, fundador de revistas bochincheras y fervorosas, elige nacer en 1900 para ser inevitablemente moderno. Luego se daría cuenta que cualquier escritor inevitablemente es hijo de su tiempo e inevitablemente es un escritor moderno. Entonces recuperará su nacimiento real para refugiarse en el siglo XIX y construirá una obra cimentada en una nostalgia de un tiempo pasado que no vivió. Años después, Borges, el otro, el Borges maduro y ya escritor consagrado, clásico podríamos decir, publica un celebérrimo ensayo que convertirá ese gesto en una declaración de intenciones. Nos referimos a «Kafka y sus precursores», donde afirma: El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. Este pequeño gesto no es tan espectacular como la sombra fija de la abeja que eterniza el tiempo suspendido de «El milagro secreto», ni tan enrevesado como el tiempo múltiple y proliferante de «El jardín de los senderos que se bifurcan». Pero es suficientemente poderoso, para lograr lo que ni los libros sagrados ni la ciencia ficción no han podido: cambiar el pasado en unas pocas líneas.

El siguiente dato que se extrae de la carta tampoco puede pasar desapercibido. Si al principio intenta modificar un elemento civil, no es de extrañar que opte ahora por lo catastral; si al principio recurrió a una ficción, ahora utiliza un énfasis. No solo nace en Buenos Aires, sino en la esquina Esmeralda de la calle Tucumán. Esta precisión geográfica intenta atenuar la siguiente enumeración que intercala las grandes ciudades europeas con localidades argentinas. Borges, el mismo, no solo ha elegido ser un hombre moderno del siglo XX sino también ser argentino. Por eso siente la necesidad de darle a su poesía almacenes y ponientes rosados y patios austeros. Su argentinidad la asume como una impostura y como un artificio. Así como renuncia ser parte del siglo pasado, se da a la tarea de construir un pasado de orilleros, compadritos y lunfardo. Sin embargo, esta ilusión se desvanecerá pocos años después y su hallazgo lo encontramos en «El escritor argentino y la tradición»: no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara. Buenos Aires podría ser entonces la ciudad de los inmortales o, como «El Aleph», el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, desde todos los ángulos; y ser argentino es ser cualquiera. Como «La biblioteca de Babel» cuyo centro está en todas partes y su límites en ninguna, la argentinidad solo puede concebirse desde las orillas, desde la periferia.

En el cuento «Tlön, Uqbar y Orbis Tertius» una secta secreta quiere imponer otro mundo, un mundo alternativo por medio de una enciclopedia. Con su carta, Jorge Luis Borges intenta un procedimiento análogo. Trata de construir un pasado que no vivió en un país que no existe. Mejor dicho, un pasado y un país perdido para siempre. En el prólogo de «El informe de Brodie» ya daba cuenta de ese procedimiento. He situado mis cuentos un poco lejos, ya en el tiempo, ya en el espacio. La imaginación puede obrar así con más libertad. ¿Quién, en 1970, recordará con precisión lo que fueron, a fines del siglo anterior, los arrabales de Palermo o de Lomas? Borges elabora su propia biografía como lo hace con sus propias ficciones. No solo es un personajes , «Borges, el otro», que puede aparecer en el mismo «Tlön…» o en «El Aleph», sino que tiene la oportunidad de vivir ese pasado y ese país perdido como ocurre en «La otra muerte» o en «El sur». Borges, ¿el mismo?, se convierte en uno de sus personajes, excéntrico y apócrifo. Porque el hecho estético no está sujeto a la unidireccional flecha termodinámica ni a las leyes físicas, es un misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. No en vano, en el mismo prólogo de «El informe de Brodie» sentenciará que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

Ese sueño voluntario no solo dará las riendas al autor sino también al lector. Porque esa operación doble de cambiar tiempo y espacio, y con ello, cambiar la realidad, es una operación de relectura. Releer el pasado inevitablemente lo cambia. Así como el protagonista de «El Evangelio según San Marcos» sufre el mismo destino que Jesuscristo, así Pierre Menard debe repetir las palabras del Quijote. La vuelta de tuerca radica en que esa repetición ya lo convierte en algo nuevo. Esa infinita biblioteca borgeana, se nutre de cada una de nuestras lecturas y se reconoce y potencia en lo familiar.

Escribir sobre Borges es condenarse fatalmente a ser un pálido eco. Como Pierre Menard, inexorablemente repetiremos palabras ajenas. Pero ese es el mejor aliento. Porque Borges, el mismo y el otro, más que a escribir, nos enseñó a leer. La literatura así concebida está llena de infinitas posibilidades y se desborda más allá de sus páginas; como Kafka creando a sus precursores, como el mundo convirtiéndose en Tlön. La crítica entonces se invalida porque es la forma moderna de la autobiografía, como dice Ricardo Piglia. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. También estamos condenados a ser unos de esos personajes apócrifos y descentrados, a merced de una trama invisible que secretamente nos alude. Nuestra vida ya ha sido prefigurada por el sueño circular de un demiurgo ciego. Vida y literatura se vuelven indivisibles. Cada uno de los textos de Borges contienen el universo entero y nos contiene a nosotros mismos y a los otros, así como casi cualquier texto de cualquier autor. Comentarlo es una tautología: ese texto y todo lo que podríamos decir de él, son una misma cosa.

Jesús D. León

 

 

 

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